sábado, 24 de diciembre de 2011

El placer de estar triste


Paucis notus, paucioribus ignotus,

Hic jacet Democritus junior

Cui vitam dedit et mortem

Melancholia





Algunas palabras resultan agradables al oído aun cuando se ignore su significado, otras contienen una carga de emotividad impresionante y difícil de describir. Otras más tienen una historia tan larga como la misma humanidad y nos acompañan donde quiera que vayamos.

 Hay un vocablo que es, o representa, todo lo anterior. Una hermosa palabra, antigua como los dioses, cuyo significado implica un estado de ánimo que oscila entre la tristeza, la angustia y el abatimiento total. Se trata de la melancolía. Perfecta en fondo y forma, en significado y significante. Término preferido de los poetas y de los pintores. Actitud imprescindible en los espíritus románticos, sentimiento apropiado para los hombres que aman y para las mujeres que esperan la llegada de su príncipe azul cabalgando a lomos de un brioso corcel.

Fue Víctor Hugo quien alguna vez dijo que la melancolía es el placer de estar triste ¿Es posible, acaso, que haya alguien capaz de resistirse a ese placer? Todos llegamos a experimentar en carne propia la congoja, el desconsuelo, el miedo y la aflicción al mismo tiempo. La sola palabra invita a su padecimiento. La misma felicidad, cuando se consigue, no es tan hermosa; más bien fastidia y cansa. En cambio, la melancolía resulta tan plácida que abandonarla causa desazón. 

La cita en latín es una frase lapidaria: es el epitafio bajo el que descansa Democritus Junior, sobrenombre de Robert Burton, hombre que dedicó su vida a la melancolía y murió por ella. A él debemos todo un tratado, escrito en la época del Renacimiento, sobre el tema.  

Hay un inconveniente, la melancolía ha sido tomada por la ciencia médica como objeto de estudio. La palabra, de origen griego, tiene que ver con uno de los cuatro líquidos corporales con los cuales Hipócrates explicaba las enfermedades y el temperamento humanos: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Según esto, la melancolía se debe al exceso de bilis negra. Se le ha catalogado también como una enfermedad mental que se caracteriza por el retraimiento, el miedo y la angustia combinados con la fatiga  y la inactividad física. En manos de la medicina la palabra y lo que ella denota pierden seducción.

A pesar de todo esto -¡ánimo!- no hay motivos para preocuparse, la melancolía es inatrapable y los médicos… ¡son tan dados a errar!

viernes, 16 de diciembre de 2011

Escribir: oficio y arte


Si hay algo que abunda en la tierra, tanto como el aire o el agua, son las letras. No sólo aparecen en libros, periódicos o revistas, también están en las calles, en los edificios de apartamentos, en las fábricas, en los centros comerciales, dentro y fuera del transporte público, y cómo ignorar su constante presencia en la sopa y en los pagarés.

La palabra escrita justifica su existencia siendo, ni más ni menos, un puntal de la comunicación humana. Los mensajes escritos son vitales para comunicarnos. Por ejemplo: las cartas. En los hogares de antaño la necesidad de noticias –de parientes lejanos o de amigos entrañables-  creaba tal expectación por la llegada del cartero que sólo podía compararse con la ansiada aparición del panadero en los fríos atardeceres de invierno.

Nuestra capacidad para anunciar verbenas populares, para expresar nuestros sentimientos más nobles o para enviar notificaciones se reduciría notablemente si no se escribieran los respectivos mensajes, y sería en verdad extraordinario que un ávido lector entrara a las bibliotecas para saciarse de sabiduría en estantes de libros repletos de páginas, quizá numeradas, con sus renglones en blanco.

Las letras tienen un poder ilimitado, nadie podrá negar –incluidos los imposibilitados para la lectura- que este mundo gira por obra y gracia de la palabra escrita. Basta una instrucción, una orden, una petición, siempre por escrito, para que el mundo se mueva.

Pero tal profusión de letras sólo es posible gracias a la existencia de aquellos que escriben. Los mensajes escritos, los textos, no surgen de la nada como la maleza en temporada de lluvias. Para que ocurra el milagro de la palabra escrita se requiere de obreros y artistas que las produzcan.

El avance en el dominio de la escritura ha sido lento, en épocas pretéritas el hombre era más apto para la espada que para la pluma. Un día surgieron los filósofos, los dramaturgos y los historiadores y comenzaron a escribir. Aun en semejante escasez de letrados fue posible la conformación de grandiosas bibliotecas.

Con el avance de la civilización –promovida más por la pluma que por la espada- más personas, de diversas profesiones, le fueron tomando gusto a la escritura. Cuando se inventaron las farmacias se hizo necesario que los médicos escribieran sus prescripciones. A propósito, hasta ahora ninguna academia ha hecho justicia a los boticarios, que –antes del uso indiscriminado de los ordenadores- convertían los garabatos de los facultativos en recetas para curar enfermedades.

Hoy en día casi cualquier ser humano está capacitado para plasmar sus ideas por escrito. Algunos escriben tan bien que transforman el oficio en arte. Cuando esto sucede al que escribe se le llama escritor y está listo para hacer novelas, inventar cuentos y poemas que se elevan a la cima del quehacer artístico.

Algunos escritores son mejores que otros y reciben homenajes y reconocimientos. En cambio, los que están abajo del promedio pasan inadvertidos en el mundillo de las letras.


Aunque quizá en el gusto por escribir hubiera alguna coincidencia, es impensable la comparación entre un artista y un simple obrero del oficio. Ciertamente, podríamos colegir –partiendo de que según el sapo es la pedrada- que la satisfacción del artista que moldea una joya literaria es directamente proporcional a la del oficiante que pergeña un convincente texto para promocionar un nuevo y potente raticida.