jueves, 22 de noviembre de 2012

Marc Bloch y su idea de la historia


La palabra "historia" significa investigación y viene, como muchas otras palabras castellanas, del griego. Ese es su origen etimológico, pero, ¿qué es la historia? 
 
A través del tiempo se han elaborado diferentes definiciones, aquí seguiremos brevemente la obra Introducción a la historia, de Marc Bloch, renombrado historiador francés, fundador -junto a Lucien Febvre- de una corriente historiográfica de gran influencia en el siglo XX: La Escuela de los Annales.

Bloch busca el objeto de estudio de la historia para definirla. No comparte la idea, tan extendida entre nosotros, de que la historia sea la ciencia del pasado, esto, además de simple, es inexacto, nos dice.

Haciendo eco de historiadores anteriores a él -como Michelet o Fustel de Coulanges- explica que el objeto de la historia es el hombre. Y aun lo precisa mejor: la historia estudia al hombre a través del tiempo.

Esta definición nos lleva a considerar que el tiempo presente también es objeto de la historia, cuestión debatible, pues para muchos historiadores los sucesos de actualidad deben dejarse para otras disciplinas como la sociología o la economía, por ejemplo.

Ante esto Bloch argumenta que es imposible comprender a los hombres tomando solamente sus reacciones en un determinado momento. Además, un historiador que no gusta mirar en torno suyo, ni a los hombres ni a los acontecimientos que le rodean -es decir, su actualidad- merece ser llamado un anticuario en lugar de historiador.

Otro argumento que utiliza para defender su tesis es que en muchas ocasiones el presente es muy importante para comprender el pasado.

Finalmente nos dice: "No hay, pues, más que una ciencia de los hombres en el tiempo y esa ciencia tiene necesidad de unir el estudio de los muertos con el de los vivos".

¿Cómo llamar a esa ciencia?: simplemente, historia.

sábado, 29 de septiembre de 2012

William Faulkner


William Faulkner es uno de los novelistas norteamericanos más importantes. En su propio país la fama no le llegó de inmediato, sucedía que el público quedaba perplejo con el contenido de sus obras. Recibió el premio Nobel de Literatura a mediados del siglo XX, cuando ya había publicado unas veinte novelas. 

No es un escritor fácil de encontrar ni, mucho menos, de leer, no se le halla en cualquier librería y para los lectores no asiduos es casi un desconocido. Su estilo exige que el lector se ocupe en desenmarañar sus relatos, que, sin embargo, son perfectos. Juega con el tiempo de la narración, ensambla historias y recurre a varios narradores. Por si lo anterior fuera poco, interrumpe el discurso con divagantes monólogos internos y sus frases complejas y enrevesadas a veces se alargan demasiado. 

Para iniciarse en la obra de Faulkner algunos recomiendan la lectura de El villorrio, novela escrita en 1940. Ambientada en una zona rural del sur de los Estados Unidos –en donde se desarrollan la mayoría de sus historias-, El villorrio es una de las novelas de construcción más sencilla; aún así, el lector debe participar activamente en la ilación de la trama. Presenta una serie de relatos ensamblados que en apariencia no tienen ni comienzo ni fin. Da la idea que el narrador asume que el lector está al tanto de la historia; como si ambos reanudaran una añeja plática sobre algo truculento. 

Mientras se desanuda el tema principal el lector se entretiene con las historias: un hombre que resulta engañado cuando estaba seguro que él sería el engañador; un vaquero obcecado por el amor, no de una mujer, sino de una vaca que habita en un corral ajeno; el hombre que logra embaucar a todo un pueblo vendiéndole unos caballos salvajes como si ya estuvieran domesticados; y, finalmente, el agente de ventas que cree conocer todos los trucos, cae en una trampa tendida muy sutilmente. Sólo hasta el final se da uno cuenta de que todos los relatos están entretejidos alrededor de un hombre, bajo y ruin, que simboliza la corrupción norteña que ha llegado a invadir el honorable sur de los Estados Unidos.

Faulkner murió el seis de julio de 1962. Dejó una huella importante en la literatura latinoamericana, influenciando con su estilo a varios escritores, entre ellos los mexicanos Juan Rulfo y Carlos Fuentes. Efectivamente, leerlo no es nada fácil, pero en el empeño está la satisfacción.

jueves, 26 de abril de 2012

Francisco Cervantes de Salazar




Fue uno de los primeros letrados que llegaron a la Nueva España en el Siglo XVI. Su vida estuvo vinculada a la Universidad de México, de la que fue rector. Escribió y publicó varias obras de tema indiano, o mexicano, por lo que es un autor indispensable para acercarnos a los primeros años de vida del Virreinato de la Nueva España.

Nacido en Toledo en una fecha no determinada, cercana a 1515, estudió en la Universidad de Salamanca en donde obtuvo el grado de bachiller. Dominaba el latín, en 1544 publicó la versión castellana de la Introducción a la sabiduría, de Juan Luis Vives.

Influenciado por el humanismo moralizante de Erasmo, Cervantes de Salazar publicó, en 1546, Obras…, que consta de unos tratados acerca de la ociosidad y de la dignidad del hombre. Uno de estos tratados lo dedicó al conquistador de México, Hernán Cortés. Antes de viajar al nuevo mundo era catedrático de la Universidad de Osuna.

Es posible que haya aceptado venir a México invitado por su primo Alonso de Villaseca, pues las autoridades virreinales buscaban catedráticos para la universidad que se iba a crear en la Nueva España.

Cervantes de Salazar arribó a Nueva España hacia el año de 1551 y -mientras se abría la universidad- se dedicó a la enseñanza de gramática en alguna escuela particular. En la ceremonia de inauguración de la Real y Pontificia Universidad de México –el 3 de junio de 1553- fue elegido para pronunciar una oración latina.

Se le adjudicó la cátedra de Retórica y además se inscribió como estudiante, obtuvo los títulos de licenciado y maestro en Artes y después se graduó como Doctor en Teología.

Alcanzó un gran prestigio en la comunidad intelectual de la ciudad de México y ocupó dos veces el puesto de rector de la Universidad. Hombre de amplios intereses, se ordenó sacerdote en 1554 y fue consultor del Santo Oficio.

En el año de 1558 el Ayuntamiento de la ciudad de México determinó pedir al rey el nombramiento de Cronista de la Nueva España para Cervantes de Salazar. Se le encargó escribir una historia de la Nueva España.

En 1554, en la imprenta de Juan Pablos, primer impresor de la Nueva España, publicó el libro Linguae latina exercitatio, que incluía diálogos de Juan Luis Vives junto con otros de su autoría. Escritos en latín, los diálogos de Cervantes tratan sobre la universidad y la vida en la ciudad de México. Fueron traducidos y publicados –con el título de México en 1554- en castellano por Joaquín García Icazbalceta en 1875.

Para el año de 1560 publicó Túmulo imperial, una prolija descripción de un monumento, construido un año antes, que honraba al emperador Carlos V con motivo de su muerte.

Su obra Crónica de la Nueva España, solicitada por el Ayuntamiento de México, fue enviada a España sin publicarse. Fue encontrada por Francisco del Paso y Troncoso y publicada en el año de 1914.

El mérito de Cervantes de Salazar consistió en que fue uno de los primeros que escribieron obras con un incipiente valor literario en la Nueva España, apenas treinta años después de haber sido consumada la conquista del imperio mexica. Son valiosas sus descripciones de la ciudad de México, y sus alrededores, en una época tan temprana.  

viernes, 30 de marzo de 2012

Manuel Gutiérrez Nájera, el Duque Job

Considerado como un romántico tardío o como el iniciador del modernismo hispanoamericano, Manuel Gutiérrez Nájera, poeta, ensayista, cuentista, cronista de la vida citadina, crítico de teatro y de literatura, es uno de los escritores representativos de la segunda mitad del siglo XIX en México. 


Semblanza biográfica

Nació el 22 de diciembre de 1859 en la ciudad de México. Su padre tenía relación con el teatro, por lo que desde pequeño entró en contacto con la vida teatral y con la literatura española del Siglo de Oro.

Comenzó a escribir desde muy joven y pronto manifestó su admiración por los escritores franceses más recientes. Incursionó en el periodismo, en la prensa llegó a plasmar sus ideales estéticos. Abogaba por una literatura cosmopolita, nutrida por las influencias europeas, pero sin deslindarse de las raíces americanas. En palabras de Justo Sierra, en sus últimos años logró amalgamar el espíritu francés y la forma española.

También tuvo alguna participación en la política, aunque no se ha escrito mucho acerca de sus convicciones. Se le considera un seguidor del proyecto porfirista de Paz, Orden y Progreso. Al momento de su muerte era diputado por el quinto distrito del Estado de México.

Su vida transcurrió entre el encumbramiento de Porfirio Díaz al poder y la época de la paz porfiriana, cuando el gobierno pretendía la modernización del país y la sociedad mexicana miraba con ojos admirados los logros de la civilización francesa.

En el año de 1888 contrajo matrimonio con Cecilia Maillefert, con quien tuvo dos hijas. A principios de 1895 enfermó y debió dejar su trabajo periodístico y su labor como diputado. Falleció -posiblemente de hemofilia- el 3 de febrero de ese año.


Una vida dedicada al periodismo

Según el escritor Rafael Pérez Gay, un día en la vida de Gutiérrez Nájera iniciaba en la iglesia, luego pasaba buena parte de la mañana en la calle observando el acontecer cotidiano, después partía hacia su oficina a escribir sus artículos y por la tarde o noche se reunía en el café con los amigos, asistía al teatro a reseñar alguna obra o se presentaba en algún evento social de la clase alta de la ciudad. 

Se cree que fue él quien comenzó a escribir la crónica periodística a la manera en que se hacía en los periódicos franceses. Recurrió a un buen número de seudónimos con los que firmaba sus columnas. Su seudónimo más popular fue el Duque Job, que tomó de una comedia francesa.

Se enfocaba a describir la vida cotidiana de la ciudad de México, su educada pluma resumía el espíritu de la época: festejaba la naciente burguesía y elogiaba los progresos industriales o los descubrimientos científicos.

Escribió en los periódicos más leídos, éstos eran, por lo regular, publicaciones subvencionadas por el gobierno, que fue una de las formas en que el régimen porfirista controló a la prensa.

En vida solamente publicó Cuentos frágiles, luego de su deceso sus apologistas -Justo Sierra y Amado Nervo, entre otros- comenzaron a recuperar su extensa obra que estaba esparcida en la prensa. Junto con Carlos Díaz Dufoo creó la Revista Azul (1894-1896), en la cual participaron muchos escritores hispanoamericanos.

martes, 31 de enero de 2012

Lo maravilloso, el mundo inevitable


A diferencia de las demás serpientes, el basilisco se abalanza sobre sus víctimas con el cuerpo erguido. Es tan temible que si un caballero pinchara a uno de ellos con su lanza el veneno ascendería por el arma acabando con jinete y montura. Por el contrario, el hipogrifo, con cuerpo de caballo, alas y cabeza de águila, es una bestia que, domesticada, se convierte en un leal compañero del hombre.

Hubo un tiempo en que la vida humana discurría entre las dimensiones del mundo real y del mundo fantástico. En éste último se encontraba lo maravilloso; es decir, todo aquello cuya existencia no es posible explicar. Esa dimensión, con espacio y tiempo propios, era accesible para algunos elegidos o para quienes, por accidente, encontraban el medio de entrar a ella. Cuando en el mundo objetivo se dejaban ver los seres de ese mundo paralelo ocurrían cosas increíbles, tales como los encantamientos o los vuelos, en escobas, de mujeres espeluznantes.

El comercio, la búsqueda de materias primas y de nuevos mercados propició la expansión del mundo racional por todos los confines del globo terráqueo. Aunque la exploración geográfica desnudó la tierra, ésta jamás dejó ver los desiertos en que viven los basiliscos ni los bosques donde habitan los hipogrifos. Luego, los adelantos científicos comenzaron a interesar al hombre en otro sentido. Se descubrió que en el mundo de lo objetivo también podían ocurrir maravillas que incidirían directamente en nuestras vidas.

La ciencia, al encontrar la razón de los fenómenos de la naturaleza, fue transformando el mundo en un todo racional. Se piensa, luego, se existe. Surgieron los grandes edificios, los aeropuertos sobre el mar, la exploración espacial y el conocimiento del microcosmos. De esta manera el mundo de lo inexplicable se fue reduciendo casi a la nada, lo sobrenatural cedió su lugar ante lo portentoso de las creaciones humanas.

La tendencia a lo maravilloso es una herencia que la era contemporánea rechazó de nuestros ancestros. En un periodo relativamente corto el hombre se encontró sin capacidad para el asombro. Son tantos los adelantos de la ciencia y la tecnología que el hombre se ha acostumbrado a sus nuevas creaciones y descubrimientos. Las maravillas racionales pronto dejan de sorprender, cosa por demás lógica. Hoy día nadie pone cara de pasmo ante un nuevo invento, la prodigiosidad humana se ha vuelto parte de nuestra cotidianeidad.  

Luego viene lo inevitable, cada determinado tiempo, nuestra mente, ávida de sucesos inexplicables, vuelve sobre sus pasos y retoma los relatos del pasado. El basilisco, el hipogrifo y el resto de las criaturas maravillosas vuelven a rondar nuestro mundo.